Sin comparación

02/29/2016
José Cortés

Escrito por: José Cortés

Siempre, desde que tengo recuerdos, he deseado que mi vida esté ligada al fútbol. Como muchos jóvenes intenté llegar a jugar profesionalmente, me entrené varios días entre semana después del colegio, y sacrifiqué varios sábados y domingos con tal de lograr mi sueño. No lo logré, no sé si por falta de talento o porque una lesión me alejó del torneo que hubiera cambiado mi vida, pero lo acepté y seguí mi camino. El sueño seguía presente, y no lo iba a abandonar. Por eso decidí estudiar para ser Director Técnico.

Empezar a trabajar ha sido uno de mis momentos más felices. Levantarme en las mañanas y llegar a un campo de fútbol es hermoso, es algo incomparable. No podría estar en una oficina detrás de un escritorio después de haber vivido la experiencia de las canchas. El fresco olor a césped no lo supera nada en la vida. Empecé en una escuela humilde, sin balones Nike o Adidas, sin conos, bandas, estacas ni petos. Contábamos con una cancha de fútbol 8, una de fútbol 11 y una de microfútbol; contábamos con 3 profesores que amamos la profesión y con varios jóvenes con ese sueño intacto: jugar al fútbol.

Obvio, llegar a la élite siempre será un sueño, pero enseñar a los jóvenes es incomparable: el proceso formativo tiene algo único e incomparable: el agradecimiento. A esas edades, el jugador siempre estará agradecido. Un consejo, un regaño, una orden, todo será motivo de agradecimiento. Ver cómo un arquero acostumbrado a recibir 3 o 4 goles por partidos sale con la valla invicta es inigualable; que tu delantero te dedique un gol porque aplicó lo entrenado en la semana es reconfortante y ver cómo día a día el equipo se compenetra u forma una ‘identidad’ no tiene precio.

Hoy por motivos personales estoy alejado de las canchas, pero no hay nada que extrañe más. Hoy que no tengo la posibilidad de ir a entrenar en la semana y dirigir el domingo siento un gran vacío. Hoy que extraño tanto lo que me gusta me doy cuenta que mi sueño se ha incumplido y que debo recuperarlo. Seguro que llegar a primera división o al extranjero está lejos, pero estar con los jóvenes en las canchas es más que un sueño cumplido. Tener la posibilidad de vivir los partidos desde la línea de cal y no desde el sofá es una vida perfecta. Poder transmitir esta pasión a los jugadores es felicidad pura.

Hoy no estoy dirigiendo, pero pronto volveré, y jamás volveré a dejarlo. No importa si lo hago en la escuela más pobre o las más rica, si lo hago en el barrio o en un equipo, lo que importa es que voy a dirigir, y seré feliz de saber que mi sueño, vivir pegado al fútbol, se habrá cumplido.