Miedo

03/22/2017

“La diferencia entre un valiente y un cobarde no está en que el primero sea intrépido y el segundo miedoso. No, esa no es la diferencia. Los dos sienten miedo en la misma proporción. Entonces, ¿dónde está la diferencia? Está en que el valiente avanza a pesar del miedo, mientras que el cobarde se paraliza a causa del miedo. ¡Ambos temen! Ser valiente significa sencillamente poder actuar a pesar del miedo. Aunque la persona tiemble y trepide, no por ello se detiene, sino que utiliza el miedo como puente. Aunque temblorosa y amedrentada, no se detiene en su marcha hacia lo desconocido.” Prefacio del libro EL MIEDO de Osho.

Se fueron los octavos de final de la Champions y hemos visto de todo. La recuperación de la memoria de un conjunto perdido, un defensa que es el mejor delantero de su equipo, la exuberante puesta en escena de un técnico portugués por el que nadie apostaba una moneda, una maravillosa remontada y hasta la ida por el desagüe del romántico proyecto de un entrenador argentino. Estos octavos tuvieron de todo, es verdad, pero también tuvieron la vuelta del peor enemigo en los eternos aspirantes: el miedo. En estas instancias donde ganan los valientes y se castiga a los cobardes, estos son los desafíos en donde debe brotar la bravura, el carácter y la personalidad. No se pueden dejar en casa, deben traerse al campo de juego si se quiere tener un mañana, si de verdad se desea un poco más, es en estos encuentros donde se ponen al fuego a los verdaderos campeones. Porque los clubes grandes están hechos de grandes guerreros.

Los que llegaron a casa ajena a especular y salieron a buscar el error del contrario para pescar en río revuelto, fueron presas de sus temores y volvieron con las manos vacías. Eso les pasó a Sevilla y PSG, dos conjuntos a los que hundió el miedo a la derrota; a uno le toco un conjunto envalentonado que juega sin la más mínima presión, sin nada que perder y al otro le toco enfrentar una banda de jugadores que creen en ellos mismos más que sus propias madres y que construyeron una gesta inolvidable, en una noche que solo la Champions nos puede regalar. A estas alturas de la competencia de clubes más prestigiosa del mundo, los detalles son los que marcan los partidos, así como no se pueden fallar dos penales en la misma eliminatoria, los dos mal cobrados y con temor a fracasar tampoco se pueden bajar los brazos a tan solo minutos del final del partido, esos fatídicos minutos donde más saben las victorias y más duelen las derrotas.

Tanto Leicester como Barcelona, saben que en este momento ni los títulos de la temporada anterior ni los escudos tienen el poder mágico para hacer ganar sin esfuerzo, sin capacidad u organización, pero tampoco dejan que la confianza se desboque en una carrera loca hacia la autosuficiencia y la sobreestimación. Los dos saben que cada miércoles europeo es un carnaval de posibilidades que puede ser que no se repita, que cada noche de Champions es la oportunidad para reescribir la historia, para contar una nueva novela y no huyen ante esa responsabilidad, todo lo contrario, la enfrentan con el coraje del que sí cree y tiene actitud, en una clara demostración que el fútbol es una batalla emocional que se juega con el alma antes y durante los partidos.

Es evidente que estas dos eliminatorias no las ganaron ingleses ni catalanes, las perdieron andaluces y parisinos con ese terror escénico que les devoró los nervios y congeló las piernas. La intimidación que producen clubes con oncenos que creen en los milagros, que salen convencidos de la victoria, que se llenan de una confianza y la transmiten en la cancha de tal forma que meten el miedo en el cuerpo del contrincante. Dos conjuntos que estaban de acuerdo en que había que matarse en la cancha, porque la lucha que habían empezado sólo admitía una entrega total, una credibilidad tan sospechosa que más que tener confianza, parecen gozar de una amnistía, una que elevó a cuartos a unos y sumergió en la pesadilla a otros. Algo más quedó claro en estos octavos, la Champions es de los jugadores y tanto Sevilla como PSG no los tienen tan buenos como lo dice su juego o su clasificación liguera. Las cosas que el pánico desnuda.