KEEP WALKIN’ (KEEP DRINKIN’): Paul Gascoigne

08/16/2013

 

Es fácil comenzar un escrito de este corte cuando el protagonista es Pelé, Maradona, Cruyff o Zidane. Es fácil y muy cómodo crucificar a Maradona por su vida personal, y mencionar a los otros tres como “cracks dentro y fuera de la cancha”, como si este tipo de artículos y el fútbol mismo,  fueran dirigidos exclusivamente a una logia de abstemios y castos que manejan una perspectiva de este deporte que va más allá de lo celestial. Por eso, escribir sobre un tipo como Paul Gascoigne trae consigo un grado de dificultad que va más allá de “jodido”.

Ya me parece estar leyendo en los comentarios frases ofensivas contra la figura de Gazza. Los eruditos que vendrán a comentar que Paul Gascoigne no era más que un borracho. A eso reducirán su panorama, igual es completamente cierto. Paul John Gascoigne fue quizás (después de Sir Winston Churchill, claro), el alcohólico más célebre que parió el Reino Unido. Demente, bromista, drogadicto… lo que en cualquier fraternidad llamarían “un tipo pesado”.

Tuvo una infancia complicada, llena de limitaciones y de frustraciones. La vida le recordó varias veces su lugar en el tiempo y en el espacio. Tuvo que presenciar la muerte de su mejor amigo en circunstancias violentas y pocos días después la de su padre a causa de una hemorragia cerebral, luego de estar internado 8 meses en una clínica.

Todo esto lo convirtió en una suerte de lacra. Sufrió trastornos de personalidad, que lo llevaron a cometer delitos menores, por lo que tuvo varios problemas con la justicia. Lo sé, hasta aquí les estoy dando toda la razón a mis eventuales comentaristas. Hasta aquí no estoy haciendo más que rendirle culto a un marginal de esos, que podríamos encontrar en cualquier comuna. Pero Paul Gascoigne es un tipo distinto. Cuando descubrió que además de hacer (y hacerse) daño, también podía jugar al fútbol, dejó de ser terrenal y se codeó con los eternos.

Lo que Gazza dejó ver en su intermitente carrera como jugador, casi siempre era sacado del sombrero. Nunca (en los 25 años que llevo sentado frente al TV viendo rodar la pelota), vi a un jugador británico con el pie de Paul Gascoigne. Por mi pantalla desfilaron imitaciones del corte de Michael Owen, David Beckham, Wayne Rooney, Alan Shearer, Frank Lampard y Teddy Sheringham. Evidentemente, nombres que no son cualquier cosa, pero cuando quisieron ser Gascoigne ni siquiera lograron verse como ellos mismos. Los más veteranos intentaron convencerme mostrándome filmes en blanco y negro de los Charlton, nada. Unos son goleadores, otros son trabajadores, otros corredores, pero tengo esa aberración. Me encantan los que se calzan un guante para jugar al fútbol: Baggio, Bengoechea, Riquelme, Prosinecki, Valderrama, Maradona, Zidane… ¡PAUL GASCOIGNE!

Hecho en el Newcastle (Sí, el mismo equipo en el que estuvo Asprilla), Gazza saltó muy rápido al Tottenham, que le ganó la pugna al Manchester United por hacerse con sus servicios. Hace poco Alex Fergusson dijo que no tener a Gascoigne en el Manchester, había sido una de sus grandes frustraciones. No se trata de hacer una biografía de este tipo, esa está en Wikipedia, en Encarta y en FIFA.com. Se trata del enorme dolor que sentí al ver las fotos más recientes que se publicaron de él. Envejeciendo a un ritmo vertiginoso, amargado y huyendo de los flashes que en otras época buscaba.

Vi por primera vez a Gascoigne en la Copa Mundo de 1990. Allí, en el debut ante los irlandeses por la fase de grupos, comenzó a dar de que hablar. La Etrusco y su zapato derecho tenían algo más que química, era algo parecido a un romance. Pero también fueron célebres sus permanentes insultos e intimidaciones todo el tiempo a los futbolistas irlandeses, a los que en cada balón dividido les recordó que eran “hijos bastardos de la corona”. El fino ademán que hizo de tocar el violín ante sus amigos hooligans en Bologna, luego de que Inglaterra eliminara a Bélgica tras la prórroga en los octavos de final. El recital que, junto a David Platt y el gran Gary Lineker, brindó frente a Camerún en cuartos. Las lágrimas, la magia y la desfachatez que regó en el césped de Turín en la semifinal ante los alemanes. Sus anécdotas, salidas en falso se cuentan por montones, aún son suficientemente célebres, y reseñarlas de nuevo sería redundar… Insisto: Paul Gascoigne es un tipo único.

Se apagó después del mundial, a causa de severas lesiones y sobre todo, de su vida personal. Fue fotografiado en pubs bebiendo cerveza y luciendo la indumentaria de la selección inglesa. La Lazio de Italia intentó rescatarlo en el 92. Su talento estaba intacto, pero el físico comenzaba a pasarle factura. Más allá de un clásico que ganó él solo ante la Roma, al marcar dos joyas de tiro libre cuando perdían 0-1, un día confesó que la resaca solamente le dio para caminar lentamente hasta donde estaba la pelota e ir a ejecutar los cobros, no fue mucho más lo que le brindó a los descendientes del Duce.

Cuando llegó al Glasgow Rangers volvió a ser él. Dos ligas, una Copa de Escocia y una Copa de la Liga ganadas, dan fe de lo que fue su paso por el club más popular de Escocia. Terry Venables lo reencauchó para la Euro’96 que se disputaría en Inglaterra, más allá de que volvieron a caer ante los alemanes en semifinales, y otra vez por penales, su juego fue exquisito, impecable, explosivo y contundente. Me quedo con el gol que le marcó a los escoceses en Wembley, y la manera tan particular de celebrarlo con Sheringham y con alguno de los Neville.

Luego, estuvo muy cerca de irse a las manos con Venables, cuando este lo dejó fuera de la lista de jugadores que fueron a Francia en 1998, a raíz de otro de sus escándalos. Simplemente le quiero agradecer a Paul Gascoigne la migaja de su magia que mostró.

Dijo George Jung (el primero que ejerció en grande eso que acá llamamos “narcotráfico”), que había hipotecado su vida entera a cambio de un par de años de felicidad, de vivir al límite, de pasar de largo sobre los excesos, de ser feliz: Lleva más de 30 años encarcelado. La sentencia es perfectamente aplicable no solo a Paul Gascoigne. Se divirtió en grande jugando al fútbol y tomando cerveza, también lo hicieron Asprilla, Maradona, Romario y eso no les quita su lugar en el Olimpo.

Claro, en una sociedad mediatizada por las novelas y los realities, es un pecado mitificar a un personaje de estos. Es más edificante “llamarse” o tener un gen “factor” extra que lo aliente a ridiculizarse a sí mismo. Es objeto de culto la que desafía el paso del tiempo templando sus estrías en Photoshop, o el que resiste a irse con dignidad y prefiere quedarse arrasando el panorama político a su paso. También es un canto a la doble moral.

¡CHEERS GAZZA!

 

Sebastián Huertas

@Juan_Sheva