Hombre de fútbol

08/11/2017

Mario Alberto Rizzi le ha entregado toda su vida al fútbol, primero como jugador y ahora como director técnico. Lejos de los autos de lujo o de las camionetas pomposas de los futbolistas modernos, él tiene un carro viejo, al que no le sirve la puerta del copiloto, y en el que recoge todos los días  a su ayudante, un colombiano al que apodan ‘Teo’,  para conducir 40 minutos hasta el predio de Sportivo Italiano, club al que dirige desde el mes pasado.

El cielo es gris, ha llovido toda la madrugada, hace frío en Buenos Aires y las canchas auxiliares del predio del ‘Tano’ no se pueden usar porque quedarían más maltrechas. El trabajo de hoy lo hacen al frente del estadio, en un pedazo de césped, que lo separa de la Autopista que conduce al Aeropuerto Internacional de Ezeiza. El plantel está en plena pretemporada y la sesión del día es de acondicionamiento, así que las riendas del entrenamiento las lleva el preparador físico, Marcelo Fernández, un viejo zorro que dejó su trabajo en el exterior para venir a trabajar con su amigo.

Rizzi está distendido. No tiene que dar las órdenes, así que sólo observa y habla con dos de sus colaboradores. El entrenamiento transcurre sin novedades y a eso de medía día se acaba. En el vestuario de ‘los profes’ todo es risa, cuentan historias, preguntan por Pekerman. Uno de ellos dice “nosotros tenemos el vestuario para disfrutar. Estos son los momentos lindos del fútbol, cuando entras al rectángulo todo es un infierno”.

Los grupos de whatsapp y las fotos que les envían son parte de la conversación. La modernidad, aunque ellos no quieran, los ha tocado. Mario se toma un té con galletas, se ducha, se pone camisa, un pulover de lana, bufanda y está listo para dar esta entrevista. Antes de que ‘la cinta’ empiece a rodar, dice, con los ojos brillosos como añorando el pasado, que empecemos a hablar de su época como futbolista.

Usted debutó en el fútbol profesional a los 21 años con San Lorenzo en un clásico ante Huracán, ¿cómo vivió ese día?

Con mucha emoción y además fue sorpresivo porque yo no iba a jugar: estábamos concentrados y a medio día se descompone un jugador y tuve que jugar de golpe. Tenía la ilusión de todo chico, sobre todo en esa época que no había tanta comunicación ni tanta prensa. Yo era de un pueblo (Junín) y muchos ni conocíamos Buenos Aires, entonces venir acá y jugar en la primera de San Lorenzo, era algo mágico, muy difícil de alcanzar.

¿Cómo jugaba Mario Rizzi?

No era un jugador punta, era como una especie de, los que llaman ahora, los media punta. Más de armado de juego. Tenía un estilo de jugar muy práctico, de no tener mucho la pelota, era muy de juego rápido y todo eso lo transmito como entrenador en la forma de jugar de mis equipos .

¿Se puede comparar con algún jugador de la actualidad?

Muchos me han dicho que yo era muy parecido a Rodrigo Palacio, el jugador que juega ahora en Europa, y que ha jugado con la selección argentina.

En San Lorenzo usted marca más de 60 goles, pero hay dos que pasan a la historia por haber sido en el último partido con anotaciones en el Viejo Gasómetro el 18 de noviembre de 1979 ante Cipolletti (4 a 0). ¿Puede describirlos?

Me acuerdo del último, no del anterior (marcó el segundo y el cuarto). El último grito ahí, el que cerró el estadio, fue una pelota larga que sale hacia la punta del área. Voy con un marcador de color, un brasilero, voy aparado, salto, anticipo y le meto la pelota por arriba al arquero. No pude ver como entraba la pelota porque cuando salté me tocan justo en el aire y me caigo. Voy dando vueltas y escucho el grito de la gente. Pero es una cosa increíble, porque ese gol que fue tan famoso, no lo vi.

Mario Alberto Rizzi defendiendo los colores de San Lorenzo

¿Cómo era el Viejo Gasómetro?

Era un estadio de madera y hierro, no había nada de cemento. Todos los muchachos que jugaban contra nosotros decían que era muy especial venir ahí, que era como un templo, no era una cancha, era superior. Escuchar el grito del gol ahí con la acústica de la madera no era lo mismo. Desde ese lugar, en esa simple cosa ya era especial el Gasómetro.

Desde 2004 se viene gestando la vuelta a Boedo y ya se le compró el terreno a Carrefour. ¿Cómo vivió toda esta campaña?

Es muy fuerte. Cuando yo llegué tenía 21 años y nos criamos ahí abajo de ese estadio. Ese estadio era mágico porque tenía 35 actividades y la mayoría de los deportistas eran campeones de básquet, pesas, handball, judo, hockey sobre patines, eran campeones argentinos, sudamericanos y olímpicos; entonces la actividad era de un nivel muy alto. Terminábamos de entrenar y nos quedábamos ahí debajo compartiendo hasta la tardecita. Era vivir ahí abajo todo el día. El estadio tenía algo especial y la vuelta es una ilusión que todos tenemos.

¿Cómo es su relación con Tinelli y Lammens?

A Lammens sólo lo vi en un homenaje que me hicieron. Con Marcelo nos criamos juntos, esos 4, 5 años que jugué en el Gasómetro estaba con él. Somos amigos de esa época, casi de la adolescencia. Él vino de Bolívar y lo mandaron acá a trabajar. José Maria Muñoz, amigo del papá, era el director de Radio Rivadavia en esa época y lo mandó a hacer vestuarios a San Lorenzo. Ahí nos conocimos y estábamos siempre juntos.

Usted juega de 1975 a 1981 en San Lorenzo y en 1979 es dirigido por Carlos Salvador Bilardo. ¿Qué fue lo que más le inculcó ‘El doctor’?

En ese año que lo conocí él ya me veía a mí como un posible entrenador porque hablaba conmigo situaciones que pensaba y me decía: “hay que empezar a atacar con los marcadores de punta, no hay más wines, a los wines los marcan”. Ahí empieza con el tema del ‘marcador-volante’ que fue algo que después ejecuta en el mundial del ’86 cuando son campeones. Después lo que más transmitió fue la polenta (garra), la vocación y toda la entrega que él ponía cuando agarraba un equipo. Te lo transmitía y no te podías quedar atrás, lo tenías que seguir. Vos lo veías tan meticuloso, tan entregado en cuestiones que para otros eran insignificantes o menores. Para él todo era fundamental. Bilardo fue una persona que vos decías ‘a este tipo yo lo tengo que seguir, no le puedo fallar’. Lo veías tan en todos los detalles, haciendo cosas para que vos estuvieras bien así que había que corresponderle.

Luego de su etapa en San Lorenzo emigró para jugar con el América de Cali. ¿Qué encontró en Colombia?

En esa época estaba cerrado Europa, nosotros jugábamos todos acá y por eso el desarrollo económico de los futbolistas de esa época no tiene nada que ver con los de ahora. América nos lleva a Roque Alfaro y a mí que habíamos sido los dos primeros goleadores del torneo por 200 mil dólares o una cosa así. A mí me venden y yo estaba recién operado de la rodilla, esas cosas que hacen los dirigentes a los que no les importa nada. El entrenador nuestro se llamaba Gabriel Ochoa Uribe, un técnico extraordinario, pero no quería a los argentinos, sólo los llevaba porque sabía que eran los mejores. Estaban Julio Falcioni, (José) Pascuttini, Roque Alfaro, después fue ‘El flaco’ Gareca en lugar mío, y estaban los paraguayos Aquino y Battaglia. El fútbol colombiano tenía unas capacidades técnicas tremendas, pero era muy amateur. Mi enojo en esa época con Ochoa Uribe era que los jugadores colombianos vivían en ‘chozas’ y no comían. Después tuve un inconveniente con el entrenador, un malentendido en un partido y bueno me vine, no llegué a jugar la final contra el equipo de Osvaldo Zubeldía (Nacional) donde jugaban los peruanos, Cuetto y Larrosa, era un equipazo. Me volví a la Argentina con toda la bronca de no poder desarrollar allá mi carrera porque todavía no estaba recuperado de la rodilla.

Después de su etapa en Colombia regresa a jugar con Racing Club y en 1983 el equipo desciende. El Gráfico de la época escribió que usted salió con lágrimas en los ojos.

Nosotros no salimos últimos, salíamos en la mitad de la tabla, pero ellos ponen el promedio por primera vez para salvar a River, que se iba al descenso. Un tema político, de corrupción. El primer año en Racing fue muy bueno, metó como 16 o 17 goles y nos salvamos del descenso raspando. Y al otro año producto de los promedios y esa situación Racing termina en el descenso, una desilusión horrible.

Cuelga los botines en Sarmiento de Junín en 1986 y en 1992/93 dirige su primer equipo profesional, All Boys, y sale campeón. ¿Cómo fue eso?

Había dirigido dos años en ligas del interior, en la Pampa, también campeón en los dos. Después vine acá y salí campeón. Tengo la suerte que cada vez que armé un equipo me fue muy bien. Cuando uno es el que arma tiene muchas más chances. De 5 equipos que armé ascendieron todos. Tengo una carrera de técnico bastante buena, he tenido suerte de tener buenos futbolistas que en definitiva son los que hacen que tengas triunfos.

En alguna entrevista pasada mencionó que “el mundo del ascenso es fascinante” ¿Qué lo hace ser tan ‘fascinante’?

El mundo del ascenso es más carnal, más de las entrañas, es más del barrio. Los clubes de ascenso son de barrio. Por ejemplo juega River y viene gente de todo el país, pero no viven por River, los que viven por River no van a la cancha. En All Boys el bufetero vive enfrente, los hinchas viven a la vuelta, son del barrio. Por eso es más carnal, todo cuesta más. Cuando hay un logro uno se siente más identificado con ese logro porque uno es el encargado de armar el equipo y produce mucha más felicidad. Algunos clubes tienen 100, 120 años de historia imagínate dirigir un club de esos y encima salir campeón, que te vaya bien. Es un orgullo muy grande.

¿Y con las barras bravas nunca tuvo problemas?

No, la verdad que no. Tengo un planteo muy directo y lo que trato de hacer cuando llegó a un club es ir a buscarlos porque son una parte fundamental, el que lo niegue es un mentiroso, y les digo ‘estoy acá si me ayudan, sino me voy en 5 minutos porque yo puedo andar mal con un dirigente, pero no puedo andar mal con ustedes’. Yo tampoco soy un tarado, salgo y me prenden fuego al auto. Y generalmente he tenido buenos resultados y eso siempre ayuda. Pero esa cosa de plantear como una interrelación de ayuda, cuando digo ayuda no digo que me ayuden a mí, la ayuda es que no se metan al vestuario, porque si se meten al vestuario yo me tengo que ir, que ni aparezcan, que griten y nada más. Es poner límites.

All Boys, Tigre, Macará de Ambato (Ecuador), Sarmiento de Junín, Sportivo Italiano, todos ascendieron bajo su batuta. ¿Cuál es la clave?

El fútbol del ascenso es más de fuerza, hay que meter, pero gana el que juega mejor. La técnica es lo que prevalece y fue mi lucha siempre. Elijo jugadores con técnica, si les puedo dar velocidad mejor, pero el fútbol es de ataque, de buen manejo de pelota, en todas las divisiones y en todos los lugares del mundo porque la pelota es la misma, las dimensiones del campo son las mismas entonces no tiene porque cambiar nada. A partir de ahí gana el que juega mejor y mejor no significa sólo manejar bien la pelotita, también marcar bien, ser ordenados, tener una idea. Esencialmente el que tiene técnica y a esa técnica puede añadirle la velocidad tiene muchas chances.

¿Le gusta el fútbol ofensivo?

Hay una idea muy salvable en estos últimos años que la generaron Gallardo, ‘El Mellizo’ y Almirón; son muchachos que le han dado una idea mucho más pura en cuanto al ataque. ‘El Mellizo’ volvió a jugar con wing derecho, nueve y wing izquierdo, como antes, como jugábamos nosotros, con tres puntas. Gallardo lo mismo, un fútbol de ataque, de buen juego, de pase rápido. Eso hace que los espectáculos sean mejores porque cuando un equipo propone atacar está dejando los espacios para que el rival juegue. Si metes todos atrás evidentemente el rival no puede jugar bien. El equipo que ataca lo que propone es ‘vamos a jugar, el que juega mejor gana’. Es muy difícil que un partido de River no sea bueno porque se abre y ataca, y al atacar el tema del espacio es determinante. Cuando aparecen los espacios el fútbol se juega de otra manera, si se achican los espacios y hay 20 jugadores en 30 metros se hace sucio, se hace trabado, se hace aburrido. El fútbol abierto que proponen equipos como esos hacen que los espacios también los tenga el rival. 

Mario Rizzi (centro) con Gabi y ‘Teo’, dos de sus colaboradores en Sportivo Italiano

¿Cuál es el principal cambio del fútbol que usted jugó al que ahora dirige?

La inteligencia del futbolista. Se cambió la inteligencia por el físico. Se apostó durante muchos años a la idea táctica y a la viveza del entrenador y se perdió la primacía del jugador que juega bien, del técnico, de los números ‘10’. Acá en Argentina el último ‘10’ que hubo fue Riquelme, cuando todos los equipos en inferiores deberían tener un ‘10’. No son los que le dan la belleza al juego, sino son un eslabón que no se puede omitir; es la parte de un equipo que piensa, que hace las pausas, que hace que un equipo sea rápido. El principal músculo del futbolista es el cerebro. Podés agarrar un malabarista que puede hacer cualquier cosa con la pelota, pero no puede jugar. El fútbol es inteligencia, es la capacidad de elegir los momentos, de mirar, de engañar al rival. Dante Panzieri, un periodista argentino que marcó una historia, hablaba mucho con los futbolistas y un día largó una frase: “El fútbol es la dinámica de los impensado”. Por eso es tan apasionante, tan atrapante, no hay nada que se le parezca. En el mundo no existe otro deporte que sea como el fútbol. Y se fue perdiendo la inteligencia del juego y, lamentablemente, se primó la velocidad, la fuerza, el juego más físico.

¿Qué clase de jugadores pueden romper los esquemas tácticos?

Los que tienen técnica en velocidad son los que desnivelan, es decir, no desnivelan los más rápidos, desnivelan Messi, Neymar, Ronaldo. Son rápidos, pero tienen técnica en velocidad, son imposibles de resolver.

¿La tecnología está acabando con el potrero, pilar fundamental del fútbol argentino?

Sí, creo que es un gran culpable. Nosotros veníamos del colegio, tirabamos el maletín y jugábamos al fútbol hasta las 8 de la noche. Mi hijo, como el hijo de la mayoría, está todo el día con una tablet o con internet y si va a entrenar a un club, vuelve a su casa y los potreros no existen más.

¿Cómo contrarrestar eso?

Es un tema de volver a las fuentes, es más importante en un club el entrenador de inferiores que el de primera. Eso lo hizo Macri aca cuando transformó Boca, él contrató a Griffa y le pagó el doble de lo que ganaba (‘El bambino’) Vieira. Jorge Griffa es un ejemplo, un maestro del fútbol juvenil, lo mas grande que hay en América. El gobierno mexicano lo contrató por dos años para dar charlas por todos lados. Yo lo conozco, tengo charlas con él, abre la boca y es una enseñanza. Es lo que hace falta sobre todo en inferiores.

El fútbol argentino es muy rico en materia prima ¿por qué sufre tantas crisis institucionales?

Por la corrupción, como en el país. Políticos corruptos que hacen que nuestro país cada vez sea peor, que se vive peor. La AFA y el fútbol son descendientes del país. Por eso la organización impresentable; no le dan seguridad al hincha; no le dan seguridad a los técnicos que dirigen; no le dan seguridad a los jugadores. Una organización espantosa y llena de corrupción.

¿Le cree a esta nueva dirigencia de la AFA?

No, para mí son los mismos que estaban antes. Acá tenía que haber ganado (Marcelo) Tinelli y ahí se hubiese producido un cambio, pero no lo dejaron. En esa votación que se empató sobrando un voto se mostró lo que es el fútbol argentino: quieren seguir con lo mismo y esa viveza criolla que no es más que delincuencia. En vez de cambiar esos lugares, la cosa sigue igual.

¿Qué piensa de Jorge Sampaoli?

Evidentemente que es para admirar. Él es un muchacho que arrancó de abajo y después la peleó. Nadie vio que Sampaoli dirigía bien en el interior (Argentino de Rosario), no pasó por Buenos Aires y se tuvo que ir a Perú.  Después allá le fue bien y terminó siendo un técnico exitoso en Europa. La verdad es totalmente respetable, todo lo que sea fútbol de ataque y protagonismo a mi me gusta.


Andrés Aranguren [@PochAndres]