Hermandad

04/4/2017

Antes de ser hinchas o fanáticos de un equipo de fútbol, fuimos niños que sin importar los colores de nuestra remera defendíamos el balón por encima de cualquier otra cosa. Íbamos detrás de la pecosa y lo más importante era que estuviera ella con nuestros amigos.

Luego con el tiempo, la sociedad nos empieza a contaminar y nos hace elegir unos colores con los cuales sentirnos identificados. Y eso no está mal, el fútbol también es identidad y rivalidad, pero primero y ante todo es hermandad y amistad. Es imposible vivirlo en soledad, no existe estadio en el cual después de un gol no vengan abrazos con extraños del mismo equipo, no hay partido de pibes en el que juegue sólo uno y todo futbolero ha encontrado amigos gracias al deporte rey. Sí o sí el fútbol es integración, y Atlético Nacional y Chapecoense nos han dado una lección de convivencia que todos los demás debemos tomar como punto de referencia.

La solidaridad del club colombiano después de la tragedia del pasado noviembre fue admirable. Desde el primer momento rechazó cualquier posibilidad de dirimir la Copa Sudamericana. Desde el primer momento estuvo pendiente de todo lo que necesitará el equipo brasileño. Y eso fue valorado por el pequeño pueblo de Chapecó, que a pesar de todo su sufrimiento ha sido capaz de pararse y devolverle al pueblo de Medellín todo lo recibido. Los homenajes quedarán pequeños ante la tristeza de la muerte, pero es de valorar y copiar el sentimiento de hermandad que ha unido a estas dos instituciones, a estas dos ciudades, a estos dos países.

Sabemos que estamos lejos de ver estos gestos en el resto de los partidos, en los cuales la tragedia no se hace presente, pero que la sana convivencia con el rival sea una de las enseñanzas y uno de los legados que nos dejaron los 71 ángeles del avión de LAMIA. Recordemos que sin el rival no habría juego, que sin el contrario no habría espectáculo, que sin el otro no seriamos nosotros. El fútbol tiene que ser un espacio en el cual la solidaridad, la ayuda, la amistad sean valores dominantes. El deporte tiene que ser el faro de luz en una sociedad oscura que cada vez se polariza más y se respeta menos.