El dolor del retiro

07/10/2017
José Cortés

Escrito por: José Cortés

Llegar a ser profesional es un camino muy difícil, desde el inicio hasta el final. Para muchos conocedores del tema no siempre llegan los más talentosos, sino los que más aguantan. Sólo un puñado de jóvenes logran cumplir el sueño de ser profesional y de ese puñado sólo uno o máximo dos logran alcanzar la élite.

La inmensa mayoría de jugadores de fútbol tendrá más derrotas que victorias, recibirá más rechiflas que aplausos; perderá más balones de los que logrará recuperar; rematará más pelotas fuera del arco; pasarán por varios equipos sin que muchos de sus hinchas los vayan a recordar; y al terminar su carrera profesional son los que más sufrirán, no serán contratados como periodistas o entrenadores, no trabajarán como técnicos o directivos. Son los que más van a sufrir el dolor del retiro.

Desde muy jóvenes les enseñan lo mismo: todos los días hay que levantarse a entrenar temprano, duro, a ganarse el puesto; a cuidarse con lo que comen, no muchas grasas, no muchos dulces, a hacer dieta; alejarse del alcohol y del tabaco, amenazas tremendas para el rendimiento y el estado físico; a no salir de fiesta, el trasnocho afecta directamente los ciclos de recuperación; les enseñan a jugar, a no parar, a pelear el balón, a definir, a obedecer al DT.

Pero nadie los prepara para el retiro, nadie los orienta, nadie les ayuda a pensar en el futuro, al fin y al cabo, es en el presente donde dan ganancias, donde se les necesita, en el futuro ya algo harán. Por eso cuando ese día llega, casi siempre después de varias lesiones en poco tiempo o de extensos periodos en la banca, los jugadores se estrellan con el retiro, y a la mañana siguiente no saben que van a hacer.

Normalmente el acompañamiento del equipo en esta dura etapa es nulo, no hay un plan para ayudarlo, no existe una pensión, tampoco una garantía sobre los tratamientos médicos de las lesiones que ese jugador tuvo por defender los colores del club y tampoco hay un psicólogo que los prepare a volver a la vida normal. De un día para otro se quedan sin ingresos, sin el masajista que te recupera ese muslo dañado, sin un gimnasio para seguir fortaleciendo el tren inferior, para que la rodilla no moleste y pueda caminar tranquilo y sin un médico que te diga que tomar para ese dolor de cadera por tanto jugar al fútbol. El que se retira se queda sin nada, sin nadie.

Muchos de estos jugadores son inteligentes y estudian una carrera paralela mientras están jugando y al retirarse la pueden empezar a ejercer, pero el número de jugadores profesionales es muy pequeño; otros con algún dinero ahorrado montan una escuela de fútbol y pueden seguir sus vidas ligados al deporte que aman; otros se van de profesores a escuelas, colegios o universidades, pero varios (muchos), terminan haciendo lo primero que se les cruza por el camino, algo que nada tiene que ver con el fútbol.

Siento que el mundo del fútbol está en deuda con estos jugadores, sus clubes los abandonaron, sus hinchas los olvidaron y la prensa los archivó. No es justo que a esos que trabajaron en silencio, que lucharon bajo la sombra de los grandes no se lleven el reconocimiento. Para ellos no hay partidos de despedida, ni infografías en los diarios, tampoco un homenaje en el canal de deportes ni entrevistas en la radio. El fútbol les debe y es hora que, como en cualquier trabajo, los jugadores gocen de cierta estabilidad cuando ya no están activos. No dejemos que caigan al olvido.