Aquel partido de las estrellas

05/30/2014

“Bueno señores, aquí no estamos para holgazanear. ¡Qué pasa, coño! ¡Arriba, a trabajar!”. En su primer día de trabajo, con todo el entusiasmo de alguien que encuentra un nuevo reto, llegaba a la cancha Luís. Los jugadores, todos desparramados a lo largo del verde y perfecto césped, se levantaron inmediatamente. Todos, menos uno. Mané seguía en el suelo, durmiendo, y hasta su rostro indicaba que sus sueños eran bastante agradables. Su amigo, ‘El doctor’, compatriota y compañero incansable de parrandas, intentó patearlo para despertarlo, pero ya era tarde. El míster se posó sobre aquel casi inerte cuerpo extendido, y lo zarandeó de una pierna, la más corta. De golpe abrió sus ojos, y lo primero que contempló fue una nariz chata que chocaba con la suya. “¡Escúcheme bien! por más celestial que sea, aquí se viene a trabajar, no a ser un vago, así que ¡levántese de una puta vez y me demuestra qué coño es lo que tanto sabe hacer con esas patas torcidas y cojas!”. Respiró un poco y despegó su rostro, dándole espacio a que Mané se levantase y siguiera sus órdenes. En cuestión de segundos, lo que parecía un cadáver tirado en el suelo, se había convertido en un mago que escondía las pelotas entre la rapidez de sus asimétricas piernas. Luis esbozó una sonrisa, sabiendo que había logrado su cometido.

Mané y ‘El doctor’ salieron disparados, con la misión de cruzar el campo haciendo jueguitos uno con el otro, sin dejar caer el balón. Era digno de ser un acto del paraíso, un par de ángeles revoloteando por el terreno, dibujando en el aire siluetas de fantasía, con amor. Ese mismo amor con el que cada noche perturbaban la calma del lugar, sonoras sambas al más alto volumen posible, ingiriendo toda la cantidad de alcohol que pudiesen, ya sin el temor a morir al día siguiente. Al volver, ‘El doctor’ emprendió la carrera para representar la celebración con la que durante años hizo vibrar a la ‘torcida‘ del Corinthians. Con su brazo extendido y empuñando su mano, recibieron un aplauso que se escuchó hasta en la tierra, más que merecido.

De repente, una voz gruesa se apoderó de la atención de todos: “¡Mirad eso de allá!”, dijo Manolo, el bigotón asistente de Luís, señalando un lado de la cancha. Al voltear el técnico la mirada, divisó a dos bárbaros gladiadores que se disputaban la pelota como si fuese la última que quedara, tal como lo hacían cuando pertenecían a los mortales. Bicicletas de Toño iban y venían, y tenían respuesta en las limpias entradas de Dani, que con solvencia salía de los apuros. “¡Señores!”, gritó el DT, “diez jugadores a mi derecha y otros diez a mi izquierda, a demostrar con cojones quiénes son los mejores, ¡vamos, vamos!”. Atendiendo las indicaciones, una decena se hizo en el arco norte, y en dirección contraria se organizó la otra. Los dos restantes, Dani y Toño, se sumaron uno a cada equipo. Y, al parecer, Luis tenía todo planeado, agarró un onceno, y le delegó a Manolo la dirección del otro. Al cabo de algunos minutos de charla, arrancaba el partido de las estrellas.

Cuenta la historia que la pelota siempre sonríe, pero ese día su sonrisa era más especial, llevaba consigo el legado y la leyenda de cada uno de los participantes de aquellos mágicos 90 minutos. ¿El resultado? Fue imposible determinar. Goles hubo de todos, desde los veteranos, Andrés, Juanito, George, Bobby, Ferenc, Mané, ‘El doctor’, un cabezón llamado Omar, una pantera portuguesa, entre otros, hasta los jóvenes, Marc, Miklos, Piermario, Serginho, Chucho, su amigo Tano, Miki, Dani, Toño, y hasta el par de arqueros, Miguel y Robert, se animaron a subir y aportar al marcador. Fue una fiesta llena de color, música, que con Mané no podía faltar, y bellas jugadas. El gran ganador fue el corazón de todos los amantes del fútbol, al saber que nunca se les arrebatará esa pasión, ni siquiera al momento de partir de este mundo. Porque, señores, se los aseguro: en el cielo también se juega al fútbol.

Pos data: Este fue un pequeño homenaje a todos aquellos héroes que compartían nuestra misma pasión, y que ahora forman parte de aquel equipo de estrellas que brillan en el cielo. Mencionar sólo a Luis Aragonés, Manolo Preciado, Garrincha, Sócrates, Eusebio, Andrés Escobar, Juanito, George Best, Bobby Moore, Férenc Puskás, Omar Sívori, Marc Vivien Foé, Miklos Fehér, Piermario Morosini, Serginho, Chucho Benítez, Antonio De Nigris, Miki Roqué, Dani Jarque, Antonio Puerta, Miguel Calero y Robert Enke, me hace sentir culpable por olvidar a otros tantos guerreros que se escapan de mi memoria. Pero eso no impide agradecerles por dedicar su vida al fútbol, y dejar una huella imborrable en este mundo con forma de pelota.